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Montehano [III]

12 enero 2013

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A la orilla de la marisma y a los pies del monte, en una pequeña península se ubica el Convento de San Sebastián de Hano, declarado Bien de Interés Cultural se alza como una inmensa y austera mole. En este convento capuchino descansan los restos de la solícita y afectuosa Bárbara de Blomberg, amante de Carlos V y madre de Juan de Austria.

Para los habitantes del municipio de Escalante, la gran importancia de Monte Hano radica en que sus entrañas albergan los primeros vestigios (o huellas) prehistóricos de su existencia. Estos se localizan en las silentes cuevas La Mosolla y La Doncella donde se han realizado importantísimos hallazgos arqueológicos y antropológicos desde el año 1904 por el prestigioso L. Sierra entre otros. Tenga razón o no el padre Sota cuando dice que a este lugar se retiraron los antiguos cántabros después de ser vencidos por las tropas romanas, la verdad es que los habitantes de Montehano y Escalante, desde sus más remotos orígenes, han sabido dar lo mejor de sí en cada momento a la historia cántabra y ofrecer su desinteresada solidaridad cuando se les ha solicitado. Son parcos en palabras, pero locuaces en los hechos. Por cierto, cualidades o virtudes impagables muy cántabras.

Y por último, la Guerra civil española (1936-1939) dejó su huella en forma de una trinchera y unas ruinas, paralizadas en la bruma del tiempo desde aquel verano atroz de 1937, cuyos desvencijados y descascarillados muros de lo que un día fue un inexpugnable bunker. Estas ruinas ocultaron hombres y salvaron vidas. Al encontrarse próximas al castillo, fueron construidas con las piedras de éste último, terminando con lo poco que ya quedaría y resultando lo que hoy conocemos.

También la mano humana ha dejado su huella en forma de dos canteras de piedra en su parte sur, como consecuencia de una actividad minera a cielo abierto que ha desangrado el monte y desvirtuado gravemente la morfología cónica del monte.

Tiempo hubo en que los jóvenes de Escalante acudían a su ladera, ya fuera domingo vespertino o sábado nocturno, a jurarse amor eterno, ese amor adolescente que por lo general, y con mucha suerte, alcanzaba hasta el próximo fin de semana. Cuentan que estos jóvenes, ya mocetones, sentían tristeza al talar los árboles, testigos de sus secretos efluvios juveniles, que alimentaban los hornos de las fábricas de Liérganes y la Cavada para fabricar los cañones que tantos prestigios aportaron a la historia cántabra. Los jóvenes enamorados son así de espontáneos. Dejan tatuados en los troncos de los árboles lo que no son capaces de escribir en los folios.

Fuentes consultadas:
La Historia de Monte Hano (Escalante-Cantabria) por Javier Marcos Martinez. Ed. 1992
Catalogo Monumental del Municipio de Escalante por Miguel Angel Aramburu-Zabala. Ed. 1997
Archivos Municipales del Ayuntamiento de Escalante

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